Posteado por: distefanoster | septiembre 9, 2008

Tocqueville recuerda las vísperas de la revolución de febrero de 1848

Nuestra historia, desde 1789 hasta 1830 […] se me aparecía como el marco de una lucha encarnizada […] entre el antiguo régimen, sus tradiciones, sus recuerdos, sus esperanzas y sus hombres representados por la aristocracia, de una parte, y la Francia nueva, capitaneada por la clase media, de otra. Me parecía que año 1830 había cerrado este primer período de nuestras revoluciones, o, por mejor decir, de nuestra revolución, porque no hay más que una sola, una revolución que es siempre la misma a través de fortunas y pasiones diversas, que nuestros padres vieron comenzar, y que, según todas las posibilidades, nosotros no veremos concluir. Todo lo que restaba del antiguo régimen fue destruido para siempre. En 1830, el triunfo de la clase media había sido definitivo, y tan completo, que todos los poderes políticos, todos los privilegios, todas las prerrogativas, el gobierno entero se encontraron en cerrados y como amontonados en los estrechos límites de aquella burguesía, con la exclusión […] de todo lo que estaba por debajo de ella y, de hecho, de todo lo que había estado por encima. Así, la burguesía no sólo fue la única dirigente de la sociedad, sino que puede decirse que se convirtió en su arrendataria. Se colocó en todos los cargos, aumentó prodigiosamente el número de éstos, y se acostumbró a vivir casi tanto del tesoro público como de su propia industria.

[…] Dueña de todo, como no lo había sido ni lo será acaso jamás ninguna aristocracia, la clase media, a la que es preciso llamar la clase gubernamental, tras haberse acantonado en el poder, e, inmediatamente después , en su egoísmo, adquirió un aire de industria privada, en la que cada uno de sus miembros no pensaba ya en los asuntos públicos, si no era para canalizarlos en beneficio de sus asuntos privados, olvidando fácilmente en su pequeño bienestar a las gentes del pueblo.

 

En aquel mundo así compuesto y así dirigido lo que más faltaba, sobre todo al final, era la vida política propiamente dicha. No podía nacer ni mantenerse en el círculo legal que la constitución había trazado: la antigua aristocracia estaba vencida, y el pueblo estaba excluido. Como todos los asuntos se trataban entre los miembros de una sola clase, según sus intereses y sus puntos de vista, no podía encontrarse un campo de batalla donde pudieran hacerse la guerra los grandes partidos. Aquella singular homogeneidad de posición, de interés y, por consiguiente, de enfoques, que reinaba en lo que M. Guizot había llamado el país legal, quitaba a los debates parlamentarios toda originalidad y toda realidad y, por tanto, toda pasión verdadera.

El país estaba entonces dividido en dos partes, o, mejor dicho, en dos zonas desiguales: en la de arriba, que era la única que debía contener toda la vida política, no reinaba más que la languidez, la impotencia, la inmovilidad, el tedio; en la de abajo, la vida política, por el contrario, comenzaba a manifestarse en síntomas febriles e irregulares que el observador atento podía camptar fácilmente.

Yo era uno de aquellos observadores, y, aunque estaba lejos de imaginar que la catástrofe se hallaba tan próxima e iba a ser tan terrible, sentía que la inquietud nacía y crecía, poco a poco, en mi espíritu, y que en él arraigaba, cada vez más, la idea de que caminábamos hacia una nueva revolución.

 

Alexis de Tocqueville, Recuerdos de la Revolución de 1848.

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