Posteado por: distefanoster | noviembre 7, 2009

Un mercado popular londinense hacia 1880

El párrafo pertenece a la novela Las hojas caídas de Wilkie Collins, un estrecho amigo de Charles Dickens. El protagonista, Amelius Goldenheart, que se ha criado en una comunidad socialista en Estados Unidos, camina una noche por las calles de Londres hacia 1880.

“La calle, estrecha en un principio, de pronto se ensanchaba; un resplandor repentino de luz de gas lo cegó momentáneamente; oyó en derredor un griterío de voces innumerables. Por vez primera desde que estaba en Londres se encontró en uno de esos mercados callejeros de los habitantes más pobres.
“A uno y otro lado de la calle, los carretones de los buhoneros, esos comerciantes ambulantes que recorren todos los caminos, estaban aparcados en hileras; cada uno de los hombres anunciaba sus mercaderías por el muy barato medio de desgañitarse gritando. Pescados y verduras, loza y papel de escribir; espejos, sartenes y cacerolas, grabados en color y tantas cosas más, junto y revuelto apelaba todo ello a los monederos escasos del gentío que se apiñaba en la calzada. Un rijoso vagabundo estaba de pie en una carreta destartalada, metido hasta las rodillas entre las manzanas que vendía a penique la medida, un holgado recipiente de madera. Gritaba más alto que los demás. ‘¡Jamás se han vendido manzanas como éstas, señoras y señores! Dulces como una flor, recias como una campana. ¿Quién dice que nadie mira por los pobres -gritaba el tipejo con feroz ironía-, si resulta que pueden hartarse de manzanas como éstas y hacer salsa para sus buenas chuletas de cerdo? Manzanas ricas, ricas; tenga, todas éstas le doy por un penique. ¡Va, que se me acaban! ¡Eh, usted! A usted se lo ve con hambre. Tenga, a ver si la pilla al vuelo. Se la doy gratis, para que la pruebe. Y, si le gusta, no se me duerma, que se me acaban en un dos por tres’. Amelius dio unos cuantos pasos y quedó medio ensordecido por los carniceros rivales del vendedor de manzanas, que gritaban: ‘¡Compre, compre, compre, señora, compre!’ a un grupo de andrajosas mujeres que toqueteaban la carne con cara de duda y ojos llenos de anhelo. Poco más allá un ciego vendía encajes y entonaba salmos; luego de él, un soldado lisiado tocaba ‘Dios salve a la reina’ con un flautín de latón. La única persona que callaba en medio de aquel sórdido carnaval era un mendigo que llevaba un cartel colgado al cuello, en el que apelaba ‘a la caridad del público’. Sostenía un candil de sebo para iluminar la prolija narración de sus infortunios; el único lector que logró para sí era un hombre gordo que se rascó la cabeza mientras leía y dijo a Amelius que no le hacían ninguna gracia los extranjeros. Niños y niñas medio muertos de hambre rondaban en torno a los buhoneros, y les mendigaban lastimeramente so pretexto de vender cerillas, chascarrillos y cantinelas cómicas. A las puertas de las tabernas se veía a algunas mujeres enfurecidas en busca de sus maridos embriagados por haberse gastado los dineros de la casa en ginebra barata. Un gentío más denso, hacia la mitad de la calle, entraba y salía por la puerta de una tasca. Aquel gentío constituía un espectáculo no tan terrible, que incluso resultaba conmovedor. Eran los pobres armados de paciencia, los que compraban trozos de corazón e hígado de cordero bien calientes a penique la onza, acompañados de lamentables guarniciones, meros bocados de puré de guisantes, de col y de papa a medio penique cada una. Por los rincones, algunos niños pálidos se malquitaban el hambre sorbiendo de cuencos de sopa aguada y miraban con hambrienta admiración a sus envidiables vecinos, capaces de comprarse raciones de anguila estofada a dos peniques cada una. Por todas partes se percibía una misma y noble resignación ante tan arduo destino, en los niños y en los viejos por igual. No había impaciencia, no se oían quejas. En ese lugar dejado de la mano de Dios, el lenguaje de la gratitud auténtica todavía se dejaba oír con toda su sonoridad, y así se agradecía al bondadoso cocinero que regalaba un cucharón de puré sin pedir nada a cambio; allí todavía se podía ver esa humilde misericordia de quien es capaz de dar un penique de sobra al que estuviera en la más absoluta pobreza, y dárselo además de buena voluntad. Amelius gastó todas sus monedas de seis peniques y de chelín en duplicar y triplicar incluso tan magras raciones, y abandonó al cabo aquel lugar con los ojos empañados por las lágrimas.”

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